Durante estos últimos años, he visitado a más de cincuenta personas centenarias en la zona azul de la península de Nicoya (Costa Rica) y a sus familias. He entrado en sus casas, me he sentado en sus corredores y he conversado un largo tiempo con ellas. Lo que más llama la atención de esas vidas tan longevas no es lo que comen ni cómo se mueven, sino que siempre disponen de compañía y apoyo. En una mecedora, a la sombra de las terrazas, suele haber un anciano rodeado por un hijo que vuelve del campo, un nieto al que vigilar, una vecina que se acerca al caer la tarde. A los cien años, siguen siendo el centro de algo y de alguien.




Información basada y extraída de www.eltiempo.com. Puedes leer la noticia completa en el Link Original de La Noticia.