La Tierra es redonda y gira alrededor del Sol. Las vacunas han salvado millones de vidas en la historia de la humanidad. Las Malvinas son argentinas. La violencia de género es un flagelo y en el primer semestre del año hubo 119 femicidios en el país. Los delitos de lesa humanidad son imprescriptibles. Todo ser humano tiene derecho a elegir a quién amar y no ser discriminado por ello. En una era en la que la ciencia, la jurisprudencia, los datos duros y hasta los derechos humanos son puestos en cuestión por discursos de odio, violentos per se, siempre conviene reforzar su defensa para entender los pilares básicos.

En este contexto y en un nivel de importancia muchísimo más bajo en comparación con los escenarios citados, la repercusión mundial de los resultados -y sobre todo del legado- de la Scaloneta viene fenómeno para refrendar que la base de ese milagro conocido como “deporte argentino” son los clubes. Chicos, medianos y grandes. De barrio, de pueblo y de ciudad. Con y sin cuota social. Con colaboradores ad honorem o con personal rentado. Cada uno representa una sede de la transmisión de valores humanos y, por supuesto, de los fundamentos elementales de cada deporte.

Según el Relevamiento Nacional de Clubes y Entidades Deportivas publicado en agosto de 2023, llevado a cabo por el Observatorio Social del Deporte y la Federación del Deporte Universitario Argentino, por encargo del Ministerio de Turismo y Deporte del anterior Gobierno Nacional, en Argentina hay 11.870 clubes, desde los 4.084 de Buenos Aires a los 103 de Tierra del Fuego. El 53,3 por ciento tiene entre 51 y 100 años de existencia. Y surge un dato clave: el 39,7% de quienes van a los clubes son menores de 18 años.

Rodrigo De Paul, en el Deportivo Belgrano de Sarandí.
Foto Archivo Clarín

En estos clubes dieron sus primeros pasos en el deporte desde los miembros gloriosos de la Scaloneta, la Generación Dorada, los Gladiadores, Leones y Leonas, y tenistas -todos con mayor exposición mediática- a los nadadores, atletas, gimnastas, patinadores, judocas, taekwondistas, tenismesistas y tantos otros a los que sólo les dan bola cuando obtienen un resultado gigante.

En esos clubes confiaron los padres y las madres de pibes y pibas para ser educados deportivamente. Allí conocieron los fundamentos de su disciplina. En esos espacios se les habló de respetar las reglas, al adversario y al árbitro, entrenarse con dedicación y entender que todo debe hacerse paso a paso, sin quemar etapas, y que el proceso debe disfrutarse, lleguen o no los resultados ansiados.

Pero estas instituciones adquirieron con el paso del tiempo funciones vitales diferentes. Las crisis económicas, la violencia in crescendo, el maltrato en el hogar y el oscuro mundo de la droga convirtieron a los clubes en santuarios de resguardo, de cuidado, de inclusión, de interrelaciones humanas y de transmisión de valores como el esfuerzo, la perseverancia, la solidaridad, la empatía, el trabajo en equipo y el entender que nadie se salva solo.

Estos clubes que sobrevivieron a planes de ajuste, a la retracción de la clase media, al desmadre de 2001, a la huida de socios por falta de dinero, a los tarifazos, a la pandemia y a la falta de apoyo y subsidios para mejorar su infraestructura e incluso para su mera subsistencia son los templos del deporte argentino.

Lautaro Martínez (izquierda) jugando para Liniers de Bahía Blanca. Foto: Twitter.

Y mucho más que eso, porque el nombre de “Club Social y Deportivo” en muchos de ellos habla a las claras de su valor en su zona de influencia, con actividades para adultos mayores, talleres, improvisadas salas de teatro y hasta proveedores de un plato de comida. No es poco en un país en el que, según el informe de junio pasado de UNICEF, 42,3% de niñas, niños y adolescentes vivían en hogares pobres en el segundo semestre de 2025.

Bien vale repetir y enmarcar la reflexión hecha por Daniel Castellani hace dos años en DeporTV: “Tenemos una estructura de clubes y sociedades de barrio, de fomento, de todo… No hay plata, no hay programa, pero hay lo que no tienen otros países, que es la pasión. Si en un club no hay pelotas se hace una rifa y en una semana están las pelotas. Si no hay camisetas, sale un ejército de padres, venden panchos, alfajores, rifas y aparecen las cosas. Una de las grandes claves de nuestro deporte es la pasión en todo: en el dirigente que hace la rifa, en ese loco que hace un tinglado, ese profe al que no le pagan pero le pone, va, estudia y sigue a los pibes. Como es cotidiano, para nosotros es normal. Pero lo ven desde afuera es un valor monstruoso y distintivo de nuestro deporte”.

Cuidar a los clubes de barrio debería ser una política de Estado por su implicancia social e inclusiva. Hoy, sin embargo, se privilegian planillas de Excel, se fomenta el individualismo, se alimenta la ilusión de que todo tiene que lograrse con rapidez, se vacía el bolsillo popular y se desfinancia del deporte de alto rendimiento, ese que es el espejo en el que se miran los pibes y las pibas que ansían con vestir algún día la camiseta argentina.

Enzo Fernández, de la Recova a la Selección Argentina.

La historia de la Scaloneta versión Mundial 2026 es la historia de una geografía de clubes de barrio, previos a hacer Inferiores en instituciones grandes: Junta Vecinal José Ingenieros, del barrio Lanzone de José León Suárez (Exequiel Palacios); Club Atlético y Social Villa Calzada, de Rafael Calzada (Nicolás Tagliafico); Club Social y Deportivo El Tala, del barrio Esperanza de González Catán (Gonzalo Montiel); Club Social y Deportivo La Justina, en Villa Constructora, San Justo (Leandro Paredes); el centenario Club Sportivo Escobar, fundado el 1° de junio de 1924 (Nicolás González); el mítico Club Social y Deportivo Parque porteño (Alexis Mac Allister); Club Liniers de Bahía Blanca, fundado el 8 de octubre de 1908 (Lautaro Martínez); Club Urquiza de Gualeguay (Lisandro Martínez); Club Social y Deportivo Belgrano de Sarandí (Rodrigo De Paul); Club Atlético Sportivo, de 25 de Mayo, fundado el 17 de octubre de 1921 (Valentín Barco); la Asociación Atlética Jorge Griffa, en Rosario (Giovani Lo Celso); el Club Ateneo Popular de Tolosa, La Plata (Gerónimo Rulli); el centenario Club Atlético Calchín, fundado el 4 de abril de 1923 (Julián Alvarez); Club San Lorenzo de Córdoba, del barrio Las Flores (Cristian Romero); Club General Urquiza de Mar del Plata, fundado el 11 de septiembre de 1914 (Emiliano Martínez); Club La Recova, de Villa Lynch (Enzo Fernández); el Club Los Gauchitos de Villa Fiorito (Facundo Medina); Club Náutico Fitz Simon de Embalse, Córdoba (Nahuel Molina); Regatas de San Nicolás (Juan Musso); Villa Real y Barrio Nuevo de San Fernando (Nicolás Otamendi); El Progreso de San Lorenzo, Corrientes (José Manuel López); Salto Grande, de Concordia (Marcos Senesi); y el Club Santa Clara, de Fuerte Apache (Thiago Almada).

Cleto Mariano Grandoli fue un soldado argentino muerto en la batalla de Curupaytí, en la Guerra de la Triple Alianza. Portaba la enseña patria y tenía 17 años. El 11 de febrero de 1982, en la zona Sur de Rosario, se fundó el club Abanderado Grandoli. En su única cancha entró a jugar un gurrumín de zurda endiablada contra pibes más grandes. Hizo estragos. Lionel Andrés Messi se transformó con el tiempo en el abanderado del fútbol argentino. Como siempre lo será Diego Armando Maradona, jugador de pibe en Estrella Roja, en un potrero que en 1984 se transformó en Estrellas Unidas de Fiorito. Otro club de barrio. Una bandera más del milagro del deporte argentino.


Información basada y extraída de www.clarin.com. Puedes leer la noticia completa en el Link Original de La Noticia.