Inés Rosales es uno de esos nombres que, nada más nombrarlos, huelen a aceite de oliva y a infancia. Su director general, Juan Carlos Espinosa, repasa cómo la marca sevillana de las tortas de aceite ha logrado crecer en más de 30 países sin renunciar a lo que la hizo única hace más de cien años.

A la pregunta de cómo se mantiene la esencia artesanal de la marca mientras afronta su expansión internacional, Espinosa lo tiene claro: “La tradición, el respeto por el origen y la calidad superior de los productos que elabora Inés Rosales son valores a los que la marca no puede renunciar. Son características que hacen únicos a sus productos de repostería y por los que los consumidores nos eligen frente a otros”.

La compañía ha ido incorporando mejoras tecnológicas con el paso de los años, invirtiendo en innovación de cara a ganar productividad y eficiencia en fábrica. Pero hay un elemento que se resiste a desaparecer: la figura de la “labradora”, la persona que, con sus propias manos, convierte cada porción de masa en una torta. Ese gesto artesanal sigue siendo, según Espinosa, el verdadero valor añadido frente a otros productos del mercado.

Actualmente solo dos productos en España cuentan con el reconocimiento de Especialidad Tradicional Garantizada (ETG), y las Legítimas y Acreditadas Tortas de Inés Rosales son uno de ellos. Ese distintivo europeo, respaldado por unos ingredientes definidos y una forma de elaboración inalterable, aparece ya en el packaging de las Tortas de Aceite Original como una carta de presentación ante clientes que todavía no conocen la marca.

De cara a este año, la compañía sigue avanzando en su estrategia de internacionalización, con el objetivo de aumentar progresivamente el peso de la exportación en el conjunto del negocio. El mercado exterior ya representa el 20% de la facturación total, y la intención es reforzar la presencia en mercados como Estados Unidos y Reino Unido, además de seguir penetrando en nuevos países de interés.

Esa apertura a otros mercados también ha llevado a la empresa a identificar nuevos hábitos de consumo y a desarrollar variedades que acompañan al producto original, ampliando así los momentos en los que los consumidores disfrutan de la torta.

La historia de Inés Rosales arrancó vendiendo tortas en un cruce de caminos sevillano, y hoy sus productos llegan a decenas de países gracias a la participación en ferias internacionales y a la búsqueda de los importadores adecuados. Para Espinosa, transmitir la historia y los valores del producto —esa idea de pausa y disfrute asociada a comer una torta— ha sido tan importante como la calidad de los ingredientes a la hora de conquistar nuevos mercados.


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