Durante mucho tiempo pensó que discutir con su pareja era la prueba de que algo no funcionaba. Cada desacuerdo la hacía creer que la relación estaba en crisis o que, tarde o temprano, terminaría rompiéndose.

Sin embargo, con el paso de los años comenzó a observar un patrón que la sorprendió. Descubrió que las personas con las que más discutía eran, precisamente, aquellas con las que se sentía más segura emocionalmente.

“Descubrí que ‘pelear’ era mi lenguaje del amor. Curiosamente, esta es la razón por la que me funciona”, explica. No porque disfrute del conflicto, sino porque entendió que las discusiones, cuando son sanas, representan una forma de construir intimidad en lugar de destruirla.

Durante años intentó evitar cualquier desacuerdo. Creía que una pareja feliz era aquella que casi nunca discutía. Con el tiempo comprendió que el verdadero problema no era pelear, sino la manera de hacerlo.

Las diferencias, sostiene, son inevitables en cualquier relación. Lo importante es que ambas personas puedan expresar lo que sienten sin convertir la conversación en un ataque personal.

“Para mí, discutir significa que todavía estamos intentando entendernos”, asegura ella con respecto a los modos de discutir con su familia.

Al mirar sus relaciones pasadas encontró varios comportamientos que antes interpretaba como negativos. Entre ellos destaca:

Esa forma de vivir las discusiones terminó ayudándola a entender mejor sus propias necesidades emocionales.

Con el tiempo descubrió que detrás de muchas peleas existía una necesidad mucho más profunda. “Lo que realmente buscaba era sentir que el otro seguía ahí”, reconoce.

Explica que una discusión, cuando ambas personas permanecen presentes y dispuestas a resolver el problema, puede reforzar la confianza en la relación.

En cambio, el distanciamiento, la indiferencia o la falta de diálogo le generaban mucha más inseguridad que cualquier desacuerdo.

Hoy sostiene que las parejas no deberían medir la calidad de una relación únicamente por la cantidad de conflictos que tienen. Lo verdaderamente importante, afirma, es cómo atraviesan esos momentos difíciles y si ambos pueden expresar lo que sienten sin miedo a perder el vínculo.

“No todas las discusiones destruyen una relación”, reflexiona ella, al mismo tiempo de que agrega: “Algunas la fortalecen porque demuestran que los dos siguen comprometidos con entenderse.”

Para ella, esa diferencia cambió por completo su forma de mirar el amor. Descubrió que su necesidad de hablar, confrontar y resolver no era una señal de incompatibilidad, sino una manera —quizás imperfecta, pero genuina— de buscar cercanía con las personas que más le importaban.


Información basada y extraída de www.clarin.com. Puedes leer la noticia completa en el Link Original de La Noticia.