No todo el que seduce quiere terminar en el catre. A veces solo necesita comprobar que todavía podría llevar a alguien hasta allá.
Hay personas que afinan la mirada, dosifican los mensajes y administran los dobles sentidos con la precisión de una farmacéutica. Parecen anunciar faena, pero, cuando la faena se acerca, pierden súbitamente la vocación, el entusiasmo y hasta la señal del teléfono. No buscaban sexo. Buscaban audiencia.
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Querían sentirse deseadas, no necesariamente tener ganas. Confirmar que aún producen efecto, que todavía alguien reorganizaría la agenda, mentiría sobre una reunión o compraría ropa interior con ambiciones. La conquista les interesa más que el territorio conquistado; el departamento inferior, por lo visto, no figuraba en el plan de negocios.
Y no siempre hay mala fe. A veces hay inseguridad, miedo a la intimidad, necesidad de aprobación o una autoestima que funciona como pila de celular viejo: toca cargarla varias veces al día. El deseo ajeno se vuelve entonces un cargador portátil. Una mirada, un mensaje o una insinuación bastan para recuperar el porcentaje perdido.
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El problema empieza cuando la otra persona confunde la seducción con una promesa. Porque provocar no obliga a continuar –nadie debe el aquello por haber coqueteado–, pero tampoco es del todo inocente mantener a alguien dentro de una expectativa que jamás se piensa cumplir. Una cosa es cambiar de opinión; otra, contratar al prójimo como espejo de tiempo completo.
Sentirse deseado es profundamente humano. A todos nos gusta comprobar que seguimos siendo visibles, atractivos y capaces de alterar un poco la respiración de alguien. El problema aparece cuando esa confirmación sustituye las ganas propias y se convierte en una dieta afectiva: muchos aperitivos, ninguna cena y una cuenta emocional que siempre paga el otro.
Tal vez convendría hacerse una pregunta menos cómoda que “¿todavía gusto?”: “¿Qué quiero hacer yo con eso que despierto?”. Porque seducir puede ser un juego delicioso, siempre que los jugadores conozcan el juego. Lo cruel es invitar a bailar para pasar toda la noche comprobando que el otro sí habría bailado.
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Hay, además, quienes disfrutan más el umbral que la entrada: el mensaje, la espera, la posibilidad, el “qué habría pasado”. La fantasía queda impecable porque nunca tuvo que enfrentarse a la realidad, al cansancio, a una rodilla que cruje o a la humillación de buscar a oscuras una media extraviada.
Y, en ocasiones, la falta persistente de ganas puede relacionarse con estrés, medicamentos, cambios hormonales, depresión, dolor, dificultades de pareja o agotamiento acumulado. No todo se resuelve con lencería, velas aromáticas ni una escapada de fin de semana con desayuno incluido. Cuando el deseo desaparece, produce malestar o altera la relación, vale la pena conversarlo y, si es necesario, consultar.
Porque una cosa es querer gustar; otra, querer encontrarse. Y el catre, aunque soporte muchas ficciones, siempre termina notando la diferencia. Hasta luego.
Esther Balac
Para EL TIEMPO
Información basada y extraída de www.eltiempo.com. Puedes leer la noticia completa en el Link Original de La Noticia.





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