Estar expuesto directa o indirectamente a un suceso o sucesos tan intensos que es imposible procesarlos o integrarlos. Esta es la situación que podría provocar un trauma psicológico, según una guía del Colegio Oficial de Psicología de Castilla-La Mancha consultable en internet. Añade la entidad que el trauma puede generar “miedo, impotencia o terror ante la amenaza (real o no) de inminente lesión o muerte, y suele darse de manera repentina, inesperada o anormal”. Anotado esto, una pregunta: ¿puede transmitirse a los hijos/as?

Ésta es la reflexión que ha llevado a cabo una profesora de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) en una reciente publicación, difundida a los medios. Publicación que repara, por cierto, en la influencia de la Inteligencia Artificial y de la masiva presencia de las redes sociales en la experimentación del trauma.

La traumatización secundaria

La profesora colaboradora de Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC, Alicia Álvarez García, indica que “la era digital” abre un “frente” en el análisis del trauma por cuanto la IA y las nuevas tecnologías “pueden generar revictimización”.

Si bien la experimentación del trauma dependerá de la “exposición, intensidad y repetición” del suceso, así como de “la vulnerabilidad de cada persona”, el “problema”, en esta época, “se amplía”, añade.

“Imágenes falsas pero verosímiles, ultrafalsificaciones (deepfakes), recreaciones violentas, suplantación de víctimas o contenidos humillantes pueden convertirse en nuevas formas de daño psicológico”, afirma. La experta cita una experiencia propia: “Tras los atentados de las Ramblas de Barcelona (2017), no solo necesitaron ayuda las personas que estuvieron allí, sino también otras expuestas a lo ocurrido a través de los medios y las pantallas”.

Dado que “la repetición de imágenes puede desencadenar respuestas de estrés agudo y, en algunos casos, evolucionar a síntomas postraumáticos”, estamos ante la “traumatización secundaria”, proclive en “profesiones expuestas de forma constante al sufrimiento ajeno, como sanitarios, equipos de emergencia, periodistas, psicólogos, trabajadores humanitarios o moderadores de internet”.

El trauma individual y el trauma social

Señala la guía del Colegio de la Psicología de Castilla-La Mancha que “no todas las personas que experimentan un evento estresante desarrollarán trauma”. 

Será más fácil que lo padezca quien “perciba que no cuenta con las capacidades suficientes para afrontarlo”, ya que “el problema no es el suceso ocurrido, sino el recuerdo de lo que pasó, el modo en que ha quedado registrado, codificado y almacenado”.

Ocurre el trauma, en definitiva, si “los efectos abrumadores de un estímulo sobrepasan las habilidades de la persona para superarlo y sigue desencadenando sintomatología que generan malestar y deterioro en diversos ámbitos (social, laboral, etc.) tras un periodo de tiempo”. 

Esquizofrenia género
EFE/Purificación León

La experta de la UOC, autora de un libro titulado ‘¿Cuánto pesa tu mochila?’, precisamente sobre el trauma, propone esta distinción: 

El trauma individual: el de “una persona que ha vivido una situación extrema”, como vivir en un campo de concentración, sufrir los efectos de una guerra en primera persona o ser víctima de abusos o de violencia sexual. Desarrollará Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT).

El trauma social: el que afecta, como indica Álvarez, a “amplios grupos o a países enteros”.

Ante el primer caso, podría suceder que “las generaciones posteriores puedan heredar no la enfermedad, sino una vulnerabilidad”, es decir, “una mayor probabilidad de responder de forma traumática ante determinados acontecimientos”.

Ante el segundo, que habla de “cambios en el ámbito social”, sí es mucho más probable que se transmitan traumas de “generación a generación”, ya que “toda la población ha vivido un mismo hecho potencialmente traumático que ha modificado la forma de comportarse», señala la experta. Se transmite, en definitiva, “una forma colectiva de recordar, callar, reaccionar o interpretar el conflicto”.

La epigenética arroja luz

Tal y como explica Álvarez en la publicación de la UOC, el debate alrededor de la herencia de un trauma se ha reactivado a raíz de la epigenética. Porque “no es que el trauma cambie la genética”, no. “Cambia la epigenética», resume. 

En otras palabras: un trauma no reformula el ADN, pero puede interferir en los mecanismos de expresión de los genes, lo que es la epigenética, especialmente en los que están relacionados con el estrés y la alerta.

Señala la profesora que algunos estudios han apuntado a la transmisión de los efectos de un trauma a lo largo de tres generaciones de ratones. La realidad es que en humanos la obtención de un patrón es más compleja y la ciencia no ha logrado consenso al respecto.

Ahora bien, si se tiene en cuenta la función de la amígdala cerebral, una zona clave para la detección de amenazas, pueden hacerse algunas lecturas interesantes.

Envejecimiento metformina
Estructura de doble hélice del ADN del genoma humano. EPA PHOTO PA/ Matthew Fearn

Sostiene Álvarez que la amígdala es una especie de «alarma contra incendios», de modo que si su tamaño o funcionamiento está alterado, “una persona puede ser más sensible a estímulos amenazantes, detectar peligro donde otros perciben neutralidad o reaccionar con mayor facilidad ante situaciones ambiguas”.

En cualquier caso, “la transmisión no siempre es biológica” y Álvarez introduce entonces una distinción temporal clave: “si el trauma se produce antes de la reproducción y no se trata, puede haber una mayor probabilidad de efectos biológicos o epigenéticos en la descendencia. Si se produce después, lo transmitido será más probablemente conductual: miedo, evitación, alerta o respuestas aprendidas por los hijos”. 

Un matiz a tener en cuenta: “Dos personas pueden vivir el mismo acontecimiento y no desarrollar el mismo daño psicológico. Influyen la historia previa, el entorno, las estrategias de afrontamiento, el apoyo social y el acceso a atención especializada. Saber que existe una susceptibilidad puede servir para prevenir: cuidarse más, reforzar las redes de apoyo y pedir ayuda antes de que la respuesta traumática se cronifique”.

Sobre el estrés postraumático

Por tanto, no se transmite el trauma, pero sí puede transmitirse a generaciones posteriores “una mayor susceptibilidad a desarrollar un trastorno de TEPT”. El paso del tiempo es un factor fundamental porque “las respuestas que en su momento fueron adaptativas, es decir,los esfuerzos del cerebro para integrar aquello tan anormal que acabas de vivir”, si duran en el tiempo, se vuelven desadaptativas y acaban siendo disfuncionales”.

Recuerda la experta que el trauma individual es tratable. La terapia con un profesional especialista permitirá reducir el impacto de dicho estrés.


Información basada y extraída de efesalud.com. Puedes leer la noticia completa en el Link Original de La Noticia.