Santiago Caputo, el asesor de comunicaciones, ha sido el gran diseñador de la ofensiva de invierno que lleva adelante su jefe, Javier Milei. El propósito consistió en permitirle al líder libertario retomar una iniciativa en planos que no quedaran atascados con la realidad económico-social. Allí no hay mucho para hacer hasta que, como espera el oficialismo, se produzca el derrame. Ese fenómeno será imprescindible para torcer en 2027 un humor social que un trabajo de la consultora ARESCO resume en estos números: el 66% de los argentinos tiene una evaluación negativa de la economía; el 33% positiva.
El plan de Caputo consistió en sacar al Presidente del internismo doméstico y proyectarlo como faro de una fuerte arremetida regional con el fin de apropiarse del liderazgo de la derecha en América Latina. La maniobra incluyó, por supuesto, la irrupción en la campaña electoral de Brasil en favor de Flávio Bolsonaro, el hijo de Jair preso, que busca evitar el cuarto mandato de Lula da Silva.
Caputo juniors se esmeró con su ingenio, aunque jamás supuso que podría contar con una ayuda sorpresiva. En esa coreografía internacional apareció, de repente, Cristina Fernández. La ex presidenta regresó a la escena con una extensa presentación en las ONU y un equipo de abogados remozado en el cual sobresale Rafael Valim. Experto en derecho constitucional, especialista en el concepto de lawfare que defendió a Lula en la causa del Lava Jato y logró un dictamen favorable del organismo internacional.
Javier Milei en cadena nacional.La presentación de la ex presidenta tiene puntos clave. Los dos principales: pide la suspensión de la inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos mientras dure la sustanciación de la ONU; denuncia la proscripción electoral. También aconseja completar la integración de la Corte Suprema para la revisión de su condena, cambios en la prisión domiciliaria y en todo el proceso judicial que terminó con su condena y su prisión.
Conjeturar sobre el destino final que pueda tener esta movida de la ex presidenta parece en esta coyuntura lo menos trascendente. Queda en evidencia, en cambio, que la dama no piensa resignar protagonismo político en la etapa electoral que viene. Una desventura para el proyecto que macera Axel Kicillof y que incluyó algunas líneas tiradas y bien recibidas por Máximo Kirchner. El hijo no reveló en esos acercamientos con el gobernador ningún detalle de la jugada de su madre.
Axel no tuvo otro remedio, como siempre le ocurre, que convalidar la presentación de Cristina ante la ONU. Se cubrió al decir que resultaría prematuro hablar de candidaturas. El kirchnerismo vuelve a estar dentro de una madeja que, con objetividad, ayuda a los tiempos y el armado electoral que requiere el gobierno libertario.
Vuelve a merodear el fantasma de una polarización, cala la desilusión en sectores peronistas y centristas esperanzados en edificar otra alternativa y la agenda pública retomaría el debate de tópicos desagradables de otra época. Nada más propicio para un oficialismo que tiene poquísimo para mostrar en relación al bienestar ciudadano. Un trabajo de la consultora Synopsis exhibe el nivel de resistencia que tendría la posibilidad de un regreso al pasado. Un 32,2% apoya este rumbo; un 50,4 también pretende seguir el curso actual, pero con cambios; apenas el 13,8% sugiere volver a “los felices días kirchneristas”.
Caputo juniors celebró la novedad de la ex presidenta, pero no dejó de lado el manual de su ortodoxia: cuando la economía no está en condiciones de ofrecer buenas noticias a los bolsillos, la política está obligada a sobreactuar la iniciativa. El Presidente recurrió a la cadena nacional para anunciar las reformas que propone a la Carta Orgánica del Banco Central, que debe aprobar el Congreso.
Ese gesto representa un regreso a las fuentes originarias de la campaña del 2023 cuando prometía cerrar a la entidad. En todos estos años proclamó su independencia, aunque no existió medida de importancia anunciada por Luis Caputo, el ministro de Economía, en la cual no apareciera acompañado por Santiago Bausili, el titular del Central. Para darle una pátina de épica y emparentarla con la campaña del 2023 los libertarios afirman que los cambios representarían un “cierre virtual” de la entidad. No es verdad.
La pretensión consiste en eliminar el financiamiento monetario al Tesoro, dotar de mayor autonomía al Banco y fijar la estabilidad de la moneda como su único objetivo. Además, colocarle un candado al Presupuesto en el cual no podría existir ni un peso más de erogaciones que los ingresos. Se trataría de derogar las modificaciones que en su tiempo promovió la kirchnerista Mercedes Marcó del Pont. Fomentaron, según dijo Milei, la corrupción de la “alta política”. El giro metafórico que halló para no hablar de “la casta” con la cual está en plena negociación Diego Santilli, el ministro del Interior, para suspender las PASO.
El Gobierno, al final de cuentas, pretende disponer de una garantía a futuro –concepto profundamente precario en la política argentina– para continuar con éxito la lucha contra la inflación. La carta casi excluyente que viene cumpliendo del contrato de campaña que estableció con la sociedad.
Milei también aprovechó las circunstancias para ampliar el teatro de su decisión. Hizo una presentación al respecto en Lima cuando asistió a la asunción de Keiko Fujimori, la hija del dictador Alberto, como la novena presidenta electa en una década. Los académicos vienen sosteniendo que el secreto de la estabilidad macroeconómica peruana residió en la autonomía del Banco Central que posee rango constitucional. Es presidido desde septiembre del 2006 por el economista Julio Velarde Flores. Desde entonces vio pasar once mandatarios. Algo extraño sucede detrás del gran equilibrio declamado.
Las simetrías tampoco resultan siempre uniformes. Milei alinea a Keiko de su lado. Lo hace también con Aberlado de la Espriella en Colombia, que esta semana reemplazará a Gustavo Petro. Podrían tener en común la afinidad con Donald Trump. Pero poseen orígenes y apremios diferentes.
Keiko es una representante pura de la casta. Se postuló a candidata en cuatro ocasiones. Estuvo presa un año y medio por corrupción. Cumplió un papel preponderante en la inestabilidad política cuando condujo la oposición parlamentaria unicameral que terminó con la caída en 2018 del presidente Pedro Kuczynsky. Aunque parece haber comprendido, después de procesar lo que significó el fujimorismo en la historia de Perú, que resultaría imposible el progreso sin gobernabilidad. Su país está partido en mitades.
Tampoco la estabilidad macroeconómica dejó un jardín florido. La economía peruana exhibe un 71% de trabajo informal y un 27% de pobreza de acuerdo con las últimas cifras oficiales. Keiko parece haber empezado, a propósito, a tomar un sendero alejado de ortodoxias y escuelas austríacas. Se declaró inquieta por la seguridad, la educación y la salud. Tendería a que se achiquen las brechas sociales que resultan gigantescas. Dispuso un aumento del 20% del salario mínimo (ahora en 360 dólares), también elevó las pensiones para los mayores de 65 años y emitió un bono de emergencia para facilitar el relanzamiento de pequeñas y medianas empresas que generan el 90% del empleo en el país. Populismo, podría vociferar Milei.
Aquel modelo peruano no parece un espejo cómodo en el cual se pueda reflejar el Presidente. Tanto sería así que la titular del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, interpeló varias veces durante su visita a la Argentina sobre la sostenibilidad social que posee el rumbo adoptado por Milei. La mujer recurrió a código alegórico para expresarse: enfatizó la conveniencia de que “la prosperidad sea compartida”.
El Gobierno supo establecer un cerco inteligente en torno a la jefa del FMI. La incluyó en una reunión con importantes empresarios. Todos provenientes de los sectores que ahora impulsan la economía. Energía, minería, finanzas, algo de tecnológicas. Nada ligado, en cambio, al amplio espectro industrial (incluso automotriz) que padece con la caída del consumo interno. La dama búlgara fue llevada al Palacio Libertad (ex CCK) para un intercambio con estudiantes. Los jóvenes debieron presentar sus preguntas con antelación y no tuvieron margen para repreguntar. Igual, Georgieva estuvo distendida y hasta los interrogó acerca de si tenían ahorros en dólares guardados en el colchón. La obsesión aún trunca de “Toto” Caputo.
Seguramente Georgieva no debe haber viajado a Uruguay, se segunda escala del periplo, desprovista de ciertas anotaciones sobre la economía argentina que le resultaron imposible descubrir en su visita a Vaca Muerta. La contracción real del 14,5% en el consumo masivo de alimentos y productos básicos en el primer semestre del 2026. El aumento de la morosidad en grupos familiares que alcanza el 10,6%, el más elevado desde la crisis del 2001. El incumplimiento del 31,5% en préstamos tomados en billeteras virtuales. La capacidad instalada de la industria cuya utilización no llega al 54%.
Milei sigue creyendo que el derrame empezará a producirse hacia finales de este año y ayudará al proyecto de la reelección en 2027. Pero muy lejos está ahora de suponer que el crecimiento ocurrirá según dijo alguna vez en un foro empresario con su dejo poético: “Como pedo de buzo”.
Cuando las urgencias de la realidad colocan en situación incómoda al Gobierno, Caputo juniors acostumbra a hurgar en las herramientas disponibles de la “batalla cultural”. Convenció al Presidente de emitir un DNU que faculta a Migraciones a prohibir el ingreso o expulsar a extranjeros que promuevan la violencia o el odio contra el país y sus símbolos.
Una verdadera tontería. Una incongruencia para un oficialismo que edificó su existencia impugnando la corrección política.
Información basada y extraída de www.clarin.com. Puedes leer la noticia completa en el Link Original de La Noticia.





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