Hacer amigos durante la infancia o la juventud suele parecer algo natural. La escuela, la universidad o los primeros trabajos ofrecen oportunidades constantes para conocer personas y construir vínculos casi sin proponérselo.

Sin embargo, esa dinámica cambia con el paso de los años. Las responsabilidades laborales, la familia, la rutina y la falta de tiempo hacen que conocer gente nueva resulte mucho más complejo de lo que muchos imaginan.

“Tengo 54 años y traté de hacer mi primer amigo nuevo en veinte años; nadie te advierte que requiere precisamente las habilidades que la vida adulta te quita”, resumió al reflexionar sobre una experiencia que la obligó a replantearse la forma en que se relaciona con los demás.

Según contó en un artículo publicado por Bolde, el mayor desafío no fue encontrar personas interesantes, sino volver a desarrollar capacidades sociales que durante años habían quedado relegadas por la rutina cotidiana.

La protagonista explica que durante buena parte de su vida creyó que las amistades simplemente sucedían. En realidad, descubrió que muchas de las relaciones que había construido en el pasado nacieron gracias a contextos compartidos como la escuela, el trabajo o el barrio.

Con el paso del tiempo, esos espacios desaparecieron y también lo hicieron las oportunidades de encontrarse con las mismas personas de manera frecuente. Sin esa convivencia cotidiana, crear nuevos vínculos requiere una iniciativa que antes parecía innecesaria.

Además, reconoce que después de tantos años cuesta exponerse nuevamente. Presentarse ante desconocidos, iniciar conversaciones o proponer un encuentro puede generar una incomodidad que no existía durante la juventud.

En su reflexión sostiene que la vida adulta entrena para ser eficiente, cumplir horarios, resolver problemas y administrar responsabilidades, pero rara vez deja espacio para desarrollar la curiosidad, la espontaneidad o la vulnerabilidad necesarias para construir una amistad.

También admite que el miedo al rechazo pesa mucho más que antes. A diferencia de lo que ocurría en la adolescencia, ahora cada intento parece tener un mayor costo emocional y resulta más fácil asumir que los demás ya tienen su círculo social completo.

Los especialistas coinciden en que esa sensación es habitual y recuerdan que las amistades entre adultos suelen necesitar mucho más tiempo, encuentros repetidos e iniciativa por parte de ambas personas para consolidarse.

Aunque el proceso fue más lento y desafiante de lo esperado, la mujer asegura que la experiencia le permitió comprender que hacer amigos después de los 50 no es imposible, sino diferente.

A su entender, el primer paso consiste en aceptar que las amistades ya no aparecen por casualidad y que es necesario crear oportunidades para volver a coincidir con otras personas, ya sea a través de actividades, cursos, voluntariados o grupos con intereses compartidos.

También aprendió que mostrarse auténtica, aceptar cierta incomodidad inicial y animarse a dar el primer paso puede abrir la puerta a relaciones más profundas de las que imaginaba.

Su historia refleja una realidad compartida por muchas personas que llegan a la mediana edad con la sensación de que hacer nuevos amigos es una tarea cada vez más difícil. Sin embargo, concluye que la capacidad de construir vínculos no desaparece con los años: simplemente requiere volver a practicar habilidades que la rutina adulta suele dejar en segundo plano.


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